Romina Juárez nació en Buenos Aires en 1993. Su desarrollo como artista surgió de una necesidad práctica, casi gestual. Comenzó pintando lienzos abstractos, cargados de materia y atravesados por un interés en la mancha y en las huellas del proceso, elementos que continúan presentes en su producción hasta la actualidad.

Su universo pictórico establece un diálogo con el expresionismo. Su trabajo en el campo de la radiología la acerca a una realidad poblada de corporalidades «desprotegidas», expuestas y a la espera del cuidado de otro. Romina se posiciona frente a esas imágenes como una observadora curiosa y perspicaz. En ellas encuentra su principal fuente de inspiración para expresar una angustia, tal vez existencial, vinculada con la fragilidad y el deterioro. «Mi mamá está en estas obras», explica la artista, quien comenzó a pintar después de perderla.

   

Sin embargo, en sus obras aparece mucho más que esa angustia. Muchas de sus figuras parecen transmitir cierta calma, una espera silenciosa y la confianza en el cuidado de otra persona. Nos miran sin posar, como si hubieran sido captadas en secreto durante sus momentos más íntimos, en posturas que sugieren entrega, vulnerabilidad o fe.

Otras obras remiten a un encuentro más agresivo y visceral, relacionado con la sangre y la muerte. Romina explica que utiliza el pincel como si estuviera «apuñalando» el lienzo, en una descarga emocional que termina por convertirse en el retrato de alguien más.

Exhibió junto a El Cable, experiencia a través de la cual descubrió las posibilidades y los desafíos de la pintura en vivo. Hace ocho años comenzó a desarrollar profesionalmente su técnica en el taller de Milagros Torreblanca, donde encontró las herramientas necesarias para materializar aquellas obras que ya habitaban en su imaginación.